Guardias dominicales ( Cuento )
martes, 27 de mayo del 2008 a las 19:33
- Como tantos domingos a las diez de la noche, Román, un médico de unos treinta años, bajo, morocho, enfundado en un ambo verde y Julio, un enfermero, alto, flaco, cuarentón, vestido de blanco, estaban mirando un partido de fútbol por la televisión en la guardia del sanatorio. Bebían cerveza mientras comentaban lo mal que atajaba el arquero y la poca coherencia de los jugadores. Un empleado entró en la sala y les dio una planilla con una dirección para visitar un domicilio.
- Román sintió que se enfurecía al reconocer el apellido de la paciente, de setenta y ocho años, que solía llamar a la guardia los domingos. Otra vez tendrían que interrumpir el partido. La mujer le había dicho al operador que sufría los mismos síntomas de siempre, dolor de cabeza y de cuello. Román y Julio, sin ganas, tomaron sus maletines negros.
- Camino a la ambulancia, hablaron de cómo darle un escarmiento. No pusieron la sirena para poder seguir escuchando el partido por la radio, ni bien llegaron al edificio se quedaron esperando en la puerta a que finalizara.
- Subieron al departamento y al ver a la mujer sentada en un sillón, Román le ordenó que debido a su estado tenía que estar acostada para poder revisarla. La mujer caminó hasta el dormitorio y se metió en la cama con la ropa puesta. Los dos la siguieron, Julio le tomó la presión y Román la auscultó por unos minutos. Luego se colgó el estetoscopio y empezó a hacerle una serie de preguntas.
- --Señora, ¿cómo siente su cefalea, pulsátil o gravativa?
- La mujer levantó los hombros y dijo:
- --No sé de que me habla.
- --Me parece -dijo Román mirando a Julio- que la señora muestra el síntoma de disartria, no es comprensible su lenguaje.
- --No escuché bien lo que dijo, doctor.
- --Entonces - continuó Román - puede ser debido a una hipoacusia severa o más bien creo que tiene acúfenos.
- La cara de la mujer se puso blanca como la harina, el único sonido que emitía era el de la respiración entrecortada.
- Román examinó con sus dedos la cabeza de la mujer.
- --¿El dolor es acá?
- --Creo que sí- contestó la mujer.
- --Bueno, le prevengo que es muy probable que se presenten nauseas, vómitos, diarreas y quizás hasta la pérdida de visión de un ojo.
- --¿Doctor, todo eso me va a pasar?, dijo la mujer estremeciéndose y levantando la sábana hasta el cuello.
- Los dos se miraron con una sonrisa imperceptible.
- --No sólo esos síntomas señora, también puede presentarse una parestesia, pero no se preocupe, puede ser transitoria.
- La mujer los miró intensamente sin capacidad para reaccionar y con una creciente desesperación indisimulable.
- Román le explicó que iban a hacer una interconsulta, en el comedor, para evaluar la situación.
- El marido de la mujer, un hombre de unos ochenta años se puso de pie cuando ellos entraron. Román habló en voz fuerte como para que la mujer los escuchara desde la habitación. Le explicaron al hombre que si su señora seguía con dolores, la iban a internar para estudiarla con aparatos de gran complejidad.
- El hombre se pasó una mano por la frente sembrada de gotitas de sudor y los miró. Luego alzó las cejas, suspiró y dijo, como pidiéndoles disculpas, que había estado escuchando lo que hablaban con su mujer y que nunca hubiera sospechado que ella estuviera tan enferma. Con voz ronca les contó que él pensaba que los dolores de su esposa se debían a que se reunía con amigos, los domingos por la tarde. El hombre se interrumpió, bruscamente arrepentido de lo dicho. Estaba muy agitado, transpiraba, se mordía las uñas, había en sus ojos un brillo despavorido, se pasaba las manos por la cara como si deseara espantar un fantasma.
- Román se sentó para llenar la planilla, entonces entendió que el hombre no hablaba de una posibilidad, sino de una certidumbre. Les había dado una pista. Miró a Julio y ambos comprendieron que aceptaban haber llegado al límite del escarmiento.
- La mujer, mientras tanto, pensó que se encontraba atrapada por el monstruo que ella había creado, enredada en la telaraña que ella misma había tejido. Se tomó la cabeza entre las manos y se puso a llorar sin consuelo. Román, al sentir el llanto, entró en la habitación y le dijo:
- -- No se angustie. Hoy no la vamos a internar, le aconsejo que se levante y tome un baño caliente de inmersión para relajarse.
- Le recetó un tranquilizante y le dijo que si los dolores continuaban los volviera a llamar a la guardia.
- El hombre se acercó a su mujer y la besó en la frente, se miraron desolados como dos viejos perdidos. Luego apagó el velador y le dijo que tratara de descansar mientras él los acompañaba a la puerta.
- En la calle, Román le puso una mano tranquilizadora en el hombro y le dijo que no se preocupara, que su mujer no estaba enferma, que las cefaleas eran de origen nervioso y que a su entender, efectivamente, ella estaba molesta con él porque salía con sus amigos los domingos.
- --¿ Qué puedo hacer doctor?
- -- ¿Y si consulta con un psiquiatra? - contestó Román.
- Cuando la ambulancia se alejó, el hombre permaneció un rato inmóvil en la puerta controlando hasta el aire que inhalaba por la palpitación de su pecho. Finalmente, con una sonrisa, subió para contarle a su esposa las buenas nuevas.
- Entró al departamento y, al no escuchar ruidos, fue a la cocina y puso a hervir agua para prepararle un té. Durante algunos momentos permaneció absorto en la más profunda de las meditaciones. Pensó en la culpa que sentía, por un tiempo dejaría de encontrarse con sus amigos en el bar. Puso la taza de té y un plato con galletitas sobre una bandeja y la llevó al dormitorio. Prendió la luz para despertarla y contarle su decisión de no dejarla sola otra vez.
- Al verla se le cayó la bandeja. Su mujer tenía el cuello y los hombros tiesos y su cara se había convertido en una máscara rígida y blanca.
ISBN: 987-554-000-5



