sábado, 19 de abril del 2008 a las 02:23
Sobre las casas asomó la luna. Asombrada noté algo distinto en su tersura. Guardé dentro de mí los recuerdos y le sonreí.
sábado, 12 de abril del 2008 a las 20:52
Todo se hace presente. La palmera ignora el vendaval que se cierne alrededor para deleite de las criaturas que, despreocupadas, charlan sosegadamente en la tarde otoñal.
lunes, 07 de abril del 2008 a las 19:54
- Siempre existe un único momento decisivo cuando, si se sigue adelante, uno puede alterar su propio destino. Si hubiera elegido girar a la izquierda en vez de a la derecha o incluso mantener la dirección, todo habría resultado diferente. Si hubiese adivinado adónde me conducía, sin duda habría tomado otro rumbo o, en la ausencia de esa alternativa, hubiese asumido otra actitud.
- Después de manejar todo el día, consulté el mapa, y cómo todavía faltaban muchos kilómetros hasta llegar a mi destino, busqué un lugar donde pasar la noche. Un cartel en la ruta anunciaba que se alquilaban cabañas, bajé del auto para averiguar en una casa pintada de amarillo. Estaba rodeada por un jardín florecido, los verdes y colores intensos indicaban que el invierno se había ido con sus grises y cortos tiempos. Una mujer anotó mis datos y me acompañó a una cabaña cerca de un río.
- El sol, bajo, brillaba entre los árboles formando líneas de sombras en el bosque. La mujer me abrió la cabaña y se volvió caminando. Yo descargué lo necesario para pasar la noche y me acerqué al río a escuchar el murmullo fresco del agua, continuo, sosegante. Sentí frío, la caminata y el cansancio del viaje acrecentaron el dolor en mis piernas.
- Cuando la luz desapareció por completo, me dejé caer en la cama con el cuerpo pesado, tuve la impresión de ser un mueble en la oscuridad. Me dormí con los sonidos continuos e inidentificables del bosque y el bullir de los insectos contra el mosquitero de las ventanas.
- Desperté con los primeros rayos del sol y como el sueño había sido tan placentero, renuncié a la idea de continuar viaje. Salí para comprar comida en un almacén que había visto en el camino. Era un rectángulo liso de madera con una ventana que hacía de mostrador. Una mujer morocha con jeans azules, blusa y zapatillas blancas estaba de pie junto a una camioneta roja protegiéndose los ojos del sol con una mano, y agitando la otra como si estuviera señalando al hombre que caminaba hacia ella. Dejó de agitar la mano y se la llevó a la cintura, pero mantuvo los ojos protegidos con la otra.
- No pude escuchar qué hablaban, al notar mi presencia el hombre entró en el almacén. Al pedirle pan, me dijo que su esposa Jacinta me iba a acompañar a buscarlo en la casa. Yo hubiera jurado que eran hermanos.
- Entramos a la cocina, Jacinta me envolvió un pan, yo le miré las manos parecían de marfil, tan distintas a las mías. Al salir y mirarla de cerca me sorprendió la frescura de su cara. Nos despedimos y me invitó a que volviera por la tarde a tomar café, el hombre estaba fuera del almacén, sentado sobre un barril de vino, saboreando un cigarrillo.
- Volví al río. Me senté sobre una piedra y miré para ver si alguien me observaba. Sólo los pájaros que revoloteaban entre los árboles. Entonces me desnudé, mis piernas estaban blancas y las várices hinchadas. Sin pensarlo mucho me zambullí en el río helado. Cómo la corriente me empujaba, me agarré firmemente a un tronco para poder salir.
- Corrí a la cabaña y sólo después de un baño caliente empecé a recuperar la sensibilidad.
- Antes de ir a lo de Jacinta recorrí la Villa. Noté que las casas, la comisaría, la escuela y la capilla estaban pintadas de amarillo maíz. No vi chicos, sólo algunos hombres y mujeres vestidos con jeans azules, camisas y zapatillas blancas charlando en una esquina.
- Los hombres tenían las manos hundidas en los bolsillos, el pelo joven y las miradas brillantes, las mujeres se calentaban al sol con una expresión de placidez.
- Me detuve desconcertada. Parecía que alguien hubiera armado una maqueta, la hubiese coloreado y puesto a secar. Me saludaron con una sonrisa.
- En la casa de Jacinta conocí a sus padres. Vestían otra ropa detenida en los sesenta provincianos. Las arrugas y los surcos parecían congelados, justo a tiempo antes de precipitarse en la vejez. Acepté un café.
- Supe que en algún momento había ocurrido algo así como un episodio fantástico pero, no me atreví a preguntarles. Cuánto más pensaba en que parecían duplicados más asombrada me sentía, así que decidí volverme a la cabaña.
- Las últimas luces del día caían sobre los árboles, había sido el día más extraño de mi vida.
- Desperté en medio de la noche, sobresaltada, al escuchar una campana, una luz que duró unos segundos iluminó la cabaña, supuse que serían los faros de algún auto que había pasado cerca.
- A la mañana siguiente, al mirarme al espejo, me sorprendí por el color rosado de mi piel, mi pelo había vuelto al castaño de mi juventud. Me miré las manos. Ahora eran como la de todos ellos. Como si quisiera darme una última oportunidad, nuevamente, me enfrenté con el espejo. Confundida, corrí como no lo había hecho en años a preguntarle a Jacinta.
- Ella amasaba pan, se había peinado con trenzas que llevaba sujetas en la nuca formando un halo en torno a su cabeza. Al verme, se acercó y sonrió satisfecha.
- Procuré dominar mis nervios. Me preguntó si estaba contenta, me explicó que lo único que tenía que hacer era quedarme en la Villa para siempre.
- Por unos momentos, pensé con agrado en mi futuro inmediato; vivir plácidamente en este lugar de ocio y juventud. Yo anhelaba vencer los embates del tiempo.
- La miré, vi una sonrisa como dibujada por un pintor experto, el pelo parecía copiado de una estampa antigua.
- En un minuto se me vinieron encima, como una avalancha, las tragedias que habían compuesto mi vida en los últimos años. Fuera de ese lugar me esperaban las desventuras de amores imposibles. Pensé en todo lo que tenía y aunque fuera doloroso, elegí eso.
- Me despedí de Jacinta.
- Una hora después de abandonar la Villa, mis manos sobre el volante volvieron a estar manchadas.
ISBN: 987-554-000-5
martes, 01 de abril del 2008 a las 23:15
- La luz incidió en los árboles del jardín y dio transparencia a una hoja. Y luego a otra. Un pájaro gorjeó alto. Hubo una pausa. El sol proporcionó relieves a los muros de mi casa.
domingo, 30 de marzo del 2008 a las 00:25
- El hombre estaba sentado con el cinturón de seguridad puesto cuando vio entrar a la mujer en la cabina del avión. Ella, que aparentaba unos treinta años, acomodó su abrigo de piel en el portaequipajes y se sentó cruzando las piernas. La falda se le trepó varios centímetros sobre las rodillas. El hombre miró a su vecina de reojo. Ella reclinó su asiento y extendió sus piernas, dejando que la falda, se trepara aun más sobre los muslos.
- Qué hembra, pensó el hombre, debe saber que la estoy mirando, cómo no va a saberlo, si lo hace a propósito. Y ella, como respondiendo a sus pensamientos, con los ojos entrecerrados inclinó la cabeza hacia él y pareció que sonreía. Él miró sus labios carnosos, húmedos. Y cuando ella pestañeó, él desvió la mirada hasta clavarlos en la azafata que se acercaba con una copa de champaña.
- Ella miró al hombre de soslayo, ¿qué edad tendría? No menos de sesenta y cinco pero no llegaba a los setenta. Un ejecutivo, sonrió, cerrando los ojos y enderezando las piernas, felina, sensualmente. Mantuvo una semisonrisa mientras bebía su copa de champaña y pensaba que ese hombre parecía complacido consigo mismo como si tuviera un millón de dólares o algo así. Tuvo ganas de reírse. Si el tipo supiera lo que ella pensaba.
- Él meditaba cómo iniciar la charla. Durante un rato se reprochó su indecisión para abordarla. Se sentía excitado, cerró los ojos con fuerza, fastidiado consigo mismo y ya casi convencido de que la batalla estaba perdida. Entonces, la azafata se acercó para ofrecerles más champaña, ella lo miró con una sonrisa y le dijo que podrían brindar por un buen vuelo. Ella pensó que era suficiente para que él supiera que podía empezar su jueguito.
- Bajaron juntos del avión, conversando. En el aeropuerto se despidieron después de pasarse los teléfonos. Él la siguió con la mirada hasta perder de vista el tapado de piel.
- No dejó de pensar en ella todo el tiempo, estaba seguro de que él no era la clase de hombre que pasaba inadvertido y esa mujer tenía aspecto de saber mirar bien. Hacía mucho tiempo que no encontraba alguien que lo atrajera lo suficiente.
- Una semana después marcó su teléfono.
- Se encontraron para cenar, la charla derivó en viajes. Él le insinuó medio en broma medio en serio, si a ella le gustaría pasar un fin de semana con él. Ella sin vueltas le contestó que aceptaría encantada, porque una de las cosas que más le gustaba hacer en este mundo era viajar.
- Al mes de salir, él la invitó a ir a las Cataratas. Le mostró folletos del hotel y de los lugares que visitarían. Le gustó cómo ella le sonrió con los ojos iluminados al tiempo que le rozaba las piernas con su pie. Quizá fue esa mirada y esa caricia tan intensa y completa la que lo hizo pensar que por fin había encontrado una mujer para compartir parte de su vida.
- En el mostrador de la aerolínea ella se había mostrado muy exigente, solicitando asientos en la sección de fumadores, detrás del ala y en la parte izquierda del avión. Esto no le importó a él, pues respetaba a las personas que sabían lo que querían, siempre y cuando conservaran la compostura.
- Mientras el avión carreteaba hacia la pista para el despegue, sus ojos y manos se encontraron. Ella ocupaba el asiento de la ventanilla. Después de dos horas de volar se disponían a servir nuevamente bebidas y ya se oía el tintineo de botellas en la parte de atrás.
- Ella murmuró: "Me parece ver fuego en la turbina". Él se inclinó y miró. En ese momento llegó la azafata con el carrito de bebidas entonces él aprovechó para decirle que se fijara en el motor. La azafata echó un vistazo y después corrió por el pasillo, empujando la carretilla delante de ella como un coche de bebé. Un minuto después sonó la voz del capitán por los altavoces, dijo que tenían que prepararse para un aterrizaje forzoso debido a un problema técnico. La camarera recorría el pasillo instando a conservar la calma, dando instrucciones para protegerse la cabeza e indicando que debían quitarse los zapatos y abandonar el avión por las salidas de emergencia. Era sorprendente pero los pasajeros conservaban la calma.
- El avión descendió, cabeceó, unido a los vientos, a la niebla, al peso del aire. Nadie habló hasta notar el impacto de las ruedas sobre la pista. Abandonaron la nave deslizándose por los toboganes inflables. Todos se saludaron como celebrando estar vivos. Ya estaba un micro ahí y los bomberos iban y venían intentando cubrir el avión con espuma para que no estallara.
- En el taxi, camino al hotel, ella temblaba y él trató de tranquilizarla con palabras cariñosas. Sus brazos la rodearon mientras le susurraba junto a su oído cuán hermosa era, lo feliz que él se sentía de estar con ella y que la vida merecía la pena ser vivida. Tenían que aprovecharla al máximo. Se dieron un beso largo y prolongado. Era como si, tras haber pasado a través de la sombra de la muerte, de pronto hubieran recuperado el apetito por la vida.
- Ni bien se alojaron en la habitación ella soltó su pelo negrísimo, desabrochó tres botones de su blusa blanca, alisó sus ajustados pantalones rojos y se quitó las sandalias doradas. Sus labios se abrieron sobre dos hileras de dientes blancos y regulares. Se apretó seductora contra él. Cuando él oprimió su cuerpo contra el suyo, ella se separó y le dijo que después de lo que habían pasado necesitaba caminar para poder relajarse.
- Salieron del hotel. La vegetación que enmarcaba las pasarelas los rodeó de perfumes y verdes intensos. Se mezclaron con otros turistas embelesados con las imponentes cataratas. Cada tanto, él la miraba a los ojos e intentaba besarla pero ella, al parecer, no deseaba otra cosa que no fuera contemplar el paisaje. Ella hablaba sobre las cataratas, sobre las plantas y los pájaros que observaba sin dejar de sonreír en ningún momento y él se sintió satisfecho por haber elegido el lugar correcto para pasar el fin de semana.
- Al caer la noche volvieron al hotel. Ella le dijo que iba al salón de belleza, porque todavía se sentía nerviosa y pensaba que un baño sauna, un masaje y un buen brushing la dejarían de maravillas. Además le dijo que como iba a tardar unas horas, él podía aprovechar para pasear y se podrían encontrar en el comedor a las nueve a cenar. Al ver en los ojos de él un destello levemente amenazador que sugería que se le estaba terminando la paciencia, lo besó prolongada y apasionadamente.
- En el restaurante la vio venir, su pelo caía suelto sobre sus hombros y llevaba un vestido negro de una tela reluciente con un marcado escote. Saludaba a los otros turistas con encanto, sonriendo mientras la luz caía sobre su collar de perlas. Se sentó a la mesa y él le sonrió complacido con el cambio, notó que el barniz de las uñas era rojo, parecía como si hubiera mojado sus dedos en sangre fresca.
- Cenaron a la luz de las velas discretamente atendidos por una camarera. Ella hablaba excitada de las cataratas y le preguntaba qué otros lugares iban a conocer. Luego le dijo, acariciándole una mano, que si a él no le parecía mal, ella se iba a levantar muy temprano para volver a recorrerlas, esta vez corriendo, pero que no se preocupara porque iba a volver a desayunar con él. Al concluir la cena, ella le propuso ir a bailar pero él le dijo que prefería volver a la habitación, calculando mentalmente con una mezcla de alarma e incredulidad, cómo hacer para seducirla.
- En la habitación, él deslizó sus manos a lo largo de la espalda y las caderas de ella, pensando que esta vez no se escaparía. Ella se apartó de él y se quejó de que le dolía el estómago, le dijo que la disculpara, que al parecer la cena le había caído mal.
- Él levantó la mano como para pegarle y ella retrocedió sorprendida. Cuando ella bajó la guardia él la golpeó con la mano abierta en la cara. Dijo que ella sabía muy bien cómo hacer para que los hombres se enamoraran, pero que su actitud había conseguido que él empezara a encontrarla repulsiva. Además le dijo que si quería encontrar un papito lo buscara en otro lado. Sin esperar la reacción de ella, salió de la habitación.
- En el bar, decepcionado, bebió hasta sumir en la insensibilidad su arrebato de excitación erótica y bronca acumulada. Al volver a acostarse, la encontró dormida.
- Por la mañana él se despertó después de una noche de sueños angustiosos con la boca seca y con su cabeza tan pesada como bala de cañón. No sabía con certeza qué era peor, si el dolor de cabeza o el sabor en su boca, si bien ninguno de los dos representaba un calmante para la tortura que había en su corazón. Se acercó al ventanal. El cielo estaba encapotado y la atmósfera agobiante, opresiva, como si comenzara a incubarse una tormenta. Decidió él también salir a correr.
- Otros turistas lo saludaron con la mano al trotar él enérgicamente a través de los jardines del hotel. Apenas salió del campo visual, redujo la marcha y adoptó un paso más tranquilo, pero, aún así, brotó el sudor en la frente. Se vio obligado a detenerse para recuperar el aliento. Se apoyó en un árbol mientras su pecho subía y bajaba, contemplando a través de las ramas las nubes negras de la tormenta. No sabía lo que iba a decirle a ella. Se sentía absurdamente nervioso ante la perspectiva de encontrarse con ella a solas y volver a tener una reacción violenta. En ese momento centelleó un relámpago seguido por un trueno.
- Al volver la vio en el comedor, ya cambiada. Ella sonreía y saludaba con la mano a otras personas que también se dedicaban a desayunar, sonreír y saludar. Al verlo se levantó y le dio un beso cariñoso. Mientras tomaban café, le contó lo maravillosas que se veían las cataratas con la salida del sol. Y que lo único que lamentaba era que la tormenta estropeara los paseos. Luego, con voz aterciopelada, le dijo que lo mejor que podían hacer era volver a la habitación.
- Ni bien entraron, ella colgó un letrero de "No Molestar" en la puerta, antes de cerrarla y prender la cadena por dentro. Encendió una lámpara de sobremesa que proyectaba un suave resplandor dorado sobre la cama y corrió las cortinas. Su vestido descendió como un susurro hasta el suelo. Él sintió crecer el deseo como las raíces resecas después de una lluvia primaveral. La llevó de la mano hasta la cama y le dijo que lo esperara porque iba a tomar una ducha. Al volver la encontró dormida. Intentó una caricia exploradora pero ella rechazó su mano con un somnoliento gruñido de irritación. Miró su cara, esa máscara infantil, sintió que jamás la había conocido y que nunca lo haría. Y ahí entendió que había algo en ella que le permitía inventarse salidas de una situación y entradas en otras. Sintió que su corto y extraño viaje había terminado.
- Él guardó sus cosas en un bolso y sin pagar la cuenta del hotel, fue para el aeropuerto para tomar el siguiente avión a Buenos Aires. Y durante una hora estuvo sentado en la sala de espera cerca de la puerta de partida, sin leer ni pensar, tan sólo frustrado.
- El avión se elevó como un ascensor en el aire y él contempló, a través de la ventanilla, las nubes negras. Después de una hora, el avión entró en turbulencias, indiferente, él miraba la conducta de quienes lo rodeaban. Las azafatas circulaban nerviosamente de un lado a otro del pasillo, disuadiendo a los pasajeros que deseaban levantarse de sus asientos y eludiendo urgentes peticiones de bebidas fuertes. A pedido del capitán las azafatas tomaron asiento. Una de ellas se sentó junto a él. El avión se elevó y volvió a descender bruscamente. La azafata colocó su mano sobre él y apoyó la cabeza en su hombro. Él todavía se reía cuando aterrizaron, sanos y salvos.
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domingo, 16 de marzo del 2008 a las 17:00
- En una época yo disfrutaba del dormir y solía despertarme cuando la luna llegaba hasta mi cuarto. Emitía un reflejo sobre un cristal que tengo sobre la cómoda.
- Desde hacía mucho soñaba lo mismo, pero por suerte eso no ocurre más. Cuando llegaba la hora de irme a dormir comenzaba mi sufrimiento. Deambulaba por el departamento, encendía la televisión a todo volumen, tomaba las precauciones de poner el despertador para que sonara a mitad de la noche, programaba el televisor esperando que el cansancio me obligara a entregarme. Mientras seguía despierto tenía la sensación de que las paredes se volvían grises, me parecía ver el revoque carcomido con grietas profundas.
- Apenas apoyaba la cabeza en la almohada trataba de mantener los ojos abiertos hasta que se llenaban de lágrimas por el esfuerzo. Entonces el sueño me vencía en una lucha desigual y ya no me deja. Al despertar con los dedos crispados sobre la sábana, lo primero que hacía era reconocer la habitación y luego mirar la ventana que extrañamente no dejaba pasar la luz. Entonces me daba cuenta de que era la prolongación del sueño porque en la realidad los rayos del sol entraban e incluso doraban la cabecera de mi cama. Me repetía una y otra vez que el mundo que habitaba durante las noches nunca había existido.
- Yo estaba sentado, a un escritorio, acomodando mis papeles, cuando el jefe me llamaba a su despacho. A los gritos me decía que yo era un inservible, que por mi culpa habían perdido la cuenta más importante de la firma. Y que me iban a mandar a la cárcel. Lo inquietante era que en el despacho veía a dos guardias esperando para llevarme. Luego todo se ensombrecía a mi alrededor y despertaba en un calabozo, atado a mi problema sin entender mi equivocación. Me sentía alterado e incrédulo, como sucede a menudo cuando una mala noticia se abate sobre uno. La unanimidad del veredicto había sido aplastante, y, sin embargo, me decía: "No pude haberme equivocado tanto ". Y ahí terminaba el sueño.
- Consulté con varios médicos que me preguntaron de dónde podían venir esas imágenes pero yo no podía responder. Nunca había estado siquiera en un lugar similar. Yo soy arquitecto, tengo un estudio, trabajo delante de un tablero. Pero es cierto, que en un momento diseñé un proyecto de una cárcel que no prosperó. Otro médico me escuchó con atención y me dio un hipnótico. Durante varios días no soñé y creí que el problema estaba resuelto. Me quedé tranquilo y pude dormir en paz. No era necesario poner resistencias ni tomar precauciones. Irme a dormir volvió a ser un placer. Pude poner mi música favorita para escucharla desde la cama mientras me quedaba dormido.
- Y cuando me desperté una mañana, finalmente ya no estaba inquieto. Sentí que lo que me rodeaba era familiar; las paredes grises, el revoque carcomido, con grietas, las rejas.
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jueves, 13 de marzo del 2008 a las 18:18
- ¿Serás, amor
un largo adiós que no se acaba?
Vivir, desde el principio, es separarse.
En el mismo encuentro
con la luz, con los labios,
el corazón percibe la congoja
de tener que estar ciego y sólo un día.
- Amor es el retraso milagroso
de su término mismo:
es prolongar el hecho mágico
de que uno y uno sean dos, en contra
de la primer condena de la vida.
Con los besos,
con la pena y el pecho se conquistan,
en afanosas lides, entre gozos
parecidos a juegos,
- días, tierras, espacios fabulosos,
a la gran disyunción que está esperando,
hermana de la muerte o muerte misma.
Cada beso perfecto aparta el tiempo,
le echa hacia atrás, ensancha el mundo breve
donde puede besarse todavía.
Ni en el lugar, ni en el hallazgo
tiene el amor su cima:
es en la resistencia a separarse
en donde se le siente,
desnudo altísimo, temblando.
Y la separación no es el momento
cuando brazos, o voces,
se despiden con señas materiales.
Es de antes, de después.
Si se estrechan las manos, si se abraza,
nunca es para apartarse,
es porque el alma ciegamente siente
que la forma posible de estar juntos
es una despedida larga, clara
y que lo más seguro es el adiós.
martes, 11 de marzo del 2008 a las 17:22
- Llovía sobre Buenos Aires. Encontrar un taxi no fue tan simple como pensaba. Carla esperó unos diez minutos bajo la lluvia antes de que apareciera uno. Tuvo ganas de volverse pero tenía que entregar su crítica al día siguiente.
- Se sintió aliviada al comprobar que había poca gente en el Centro de Exposiciones, caminó por los pasillos largos y con sus paredes blancas hasta llegar a la sala en la cual exponía el pintor Arcona. Preparó su cuaderno de apuntes y se puso a observar los cuadros con mirada profesional; uno de ellos en especial atrapó su atención. Lo miró con curiosidad, no era el estilo de Arcona, por las dudas consultó el catálogo, no había mención de ese cuadro. Se quedó pensativa. La pintura reproducía un convento con una puerta de roble semiabierta, se veían las espaldas de dos monjas que arrastraban a una casi niña hacia el interior, su cara estaba congelada en una máscara de furia y miedo. Se sorprendió al descubrir el título de la obra. Estaba fuera de línea, decía: "Autor Desconocido, se cree que fue pintado entre 1870-1873". Ese cuadro no debería estar expuesto en esa sala, sin duda era una equivocación.
- Quiso seguir el recorrido pero apenas si había avanzado unos metros cuando no pudo evitar volver atrás. Se quedó parada frente a esa pintura inquietante. Al cabo de un rato sintió calor. Pensó que la humedad del ambiente la estaba agobiando. Abandonó la sala y salió a un patio con palmeras. Había dejado de llover y el aire fresco la reconfortó.
- El patio estaba desierto, las palmeras trazaban sombras sobre los adoquines. Los altos muros pintados de ocre y la recova eran parte del antiguo convento. Fue en busca de la placa de bronce que homenajeaba la entrega de los antiguos claustros. Leyó "1869- 1969 La ciudad a las Hijas de la Caridad Francesas".
- Trató de imaginarse cómo había sido la vida en ese lugar, hoy convertido en sala de exposiciones. Tomó asiento y encendió un cigarrillo.
- Cuando se iba a levantar, oyó un sonido tenue de pisadas, giró la cabeza y vio una monja correr hacia una puerta, atravesarla ydesaparecer. Intrigada, Carla se dirigió hacia allí. Necesitaba comprobar si aún subsistían los claustros aunque deshabitados.
- La galería era larguísima y concluía ante esa puerta enorme de roble deteriorada, pero aún firme como para resistir incólume todos los intentos de ella para abrirla. Tras arduos esfuerzos comprobó la inutilidad de su propósito y ya regresaba por el mismo corredor, cuando escuchó un ruido a sus espaldas que no podía provenir de otra fuente que no fuese el movimiento de apertura de esa puerta.
- Se dio vuelta y quedó sorprendida ante la presencia que estaba frente a ella. Era una niña enfundada en un hábito de monja. Lloraba, en su mano tenía una cicatriz en forma de medialuna, cubría parte de su cara y la otra la extendía hacia ella queriendo tocarla. Sintió por unos instantes que le tomaba la mano con delicadeza, el contacto era cálido y suave. Le pareció escuchar que le decía: Liberté. Luego la mano se deslizó de la suya, al tiempo que la aparición se desvanecía.
-
Sofocada, se dio vuelta para encontrar a otras personas, pero no había nadie. El pánico le impidió cualquier intento de razonamiento en procura de alguna explicación a lo que había presenciado. Miró alrededor de las palmeras buscando un lugar donde sentarse y recapitular. Se pasó una mano mojada por la frente y supo que tenía fiebre. La acosaba una fatiga enorme, a pesar de eso, se puso de pie y cuidando de no volver la mirada hacia la sala del cuadro salió a la calle. El calor le secaba la boca, para aliviar esa sensación entró en un bar. No podía pedir simplemente agua. Se sentó a una mesa y cuando el mozo se acercó le dijo:
- -- Un café y agua.
- -- Enseguida, Hermana.
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