Palabras al viento
Notaba perfectamente su buen humor como algo agradable y cordial, lejos de toda ironía. Percibía también que detrás de la alegría reinaba una profunda seriedad y que su narración había tenido el carácter de una confesión.
Notaba perfectamente su buen humor como algo agradable y cordial, lejos de toda ironía. Percibía también que detrás de la alegría reinaba una profunda seriedad y que su narración había tenido el carácter de una confesión.
Si toco en mi dolor, todo lo siento
mío, mío, perdido vagamente.
Si toco en el dolor mas de repente
me vuelvo a las estrellas y a lo bello,
yo siento el corazón que aquí me quema
como un mero detalle en el sistema.
Antes de mí
no tengo celos.
Ven con un hombre
a la espalda,
ven con cien hombres en tu cabellera,
ven con mil hombres entre tu pecho y tus pies,
ven como un río lleno de ahogados
que encuentra el mar furioso,
la espuma eterna, el tiempo!
¡Tráelos todos
adonde yo te espero:
siempre estaremos solos,
siempre estaremos tú y yo
solos sobre la tierra
para comenzar la vida!
La conversación fue monótona.
Oí a Newton y a Einstein;
luchando entre sí, se rompieron las uñas de los dedos.
El resultado fue un mundo como éste,
por todas partes hombres con largos cuchillos,
con revólveres, con fusiles.
Todos reivindicaron sangre.
Si fuera necesario la suya propia.
La latitud norte resultó ser la misma;
la nebulosa Andrómeda, tan lejos como antes.
Los creyentes encendían velas,
quemaban incienso o se arrodillaban
con credo.
El rechinar de dientes puedo oírlo
hasta en Rijmenam.
Se oyó desde el fondo del pasillo un tintineo de cristal. Una claridad cegadora se derramó sobre las copas rotas.
¡Huyes, pero es de ti!
J. R. Jiménez
Huías... pero era en mí
y de ti quien huías.
¿Cómo? ¿Adónde? ¿Para qué?
Por todo lo que es vial,
ascensor, tragaluz, puerto
para fugarse del hombre
en el hombre: por la voz,
por el pulso, por el sueño,
por los vértigos del cuerpo...
Por todo lo que la vida
ha puesto de catarata
-en el alma y en el alba-
huías... Pero era en mí.
El bar estaba refrigerado y tomó asiento. Sacó un cigarrillo de su bolso, un mozo se acercó y le dio fuego. Pidió un café, sin mirar alrededor. El mozo volvió con el pedido y preguntó si vendría la otra persona. No contestó. A los pocos minutos dejó dinero sobre la mesa y salió.
Llega el invierno. Espléndido dictado
me dan las lentas hojas
vestidas de silencio y amarillo.
Soy un libro de nieve,
una espaciosa mano, una pradera,
un círculo que espera,
pertenezco a la tierra y a su invierno.
Creció el rumor del mundo en el follaje,
ardió después el trigo constelado
por flores rojas como quemaduras,
luego llegó el otoño a establecer
la escritura del vino:
todo pasó, fue cielo pasajero
la copa del estío,
y se apagó la nube navegante.
Yo esperé en el balcón tan enlutado,
como ayer con las yedras de mi infancia,
que la tierra extendiera
sus alas en mi amor deshabitado.
Yo supe que la rosa caería
y el hueso del durazno transitorio
volvería a dormir y a germinar:
y me embriagué con la copa del aire
hasta que todo el mar se hizo nocturno
y el arrebol se convirtió en ceniza.
La tierra vive ahora
tranquilizando su interrogatorio,
extendida la piel de su silencio.
Yo vuelvo a ser ahora
el taciturno que llegó de lejos
envuelto en lluvia fría y en campanas:
debo a la muerte pura de la tierra
la voluntad de mis germinaciones.
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Hay que volar con fuerza, desafiando la tormenta y sostener la firme creencia que más allá de la confusión brilla el sol.
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